21/01/09
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La
historia de Romina Mazzoni es una de esas que solemos ver en las revistas.
Una chica de Buenos Aires dedicada a la gimnasia artística que
decide pintar su horizonte en otro lado del mundo, conoce al amor de su
vida y vive feliz en otro país.
En todas esas decisiones estuvo presente su papá, que dejó
todo a un costado
para poder ayudarla. Junto con su mamá la acompañaron, llevándola
a todos lados, y aportando esa base de contención que hace más
sólida a las personas fuertes.
Amiga de grandes estrellas de Estados Unidos y recordada con cariño
por las gimnastas argentinas, supo ganarse el corazón de todos los
que de alguna forma u otra se cruzaron en su camino.
Mientras reparte sus horas entre su hogar y mucha actividad física
(bicicleta, yoga, salir a correr), Romina extraña Argentina, país
que visita de vez en cuando para ver a toda su familia - especialmente a
su sobrina – y se hace un lugarcito para responder algunas preguntas
a Juguemos Gimnasia.
Su
historia
Romina comenzó
a hacer gimnasia a los 8 años con Gustavo Moure y Marina Penas,
quienes en ese momento eran dueños del Centro de Promoción
Olímpica (CPO). Como la mayoría de las chicas, para Romina
las horas de entrenamiento eran sólo un juego hasta que un día
comenzó a ver un futuro con la gimnasia, disciplina que, según
cuenta, la formó como persona.
“Es un deporte que yo amaba hacer. No sólo me formó
como persona y atleta sino el apoyo de mi familia y de mis entrenadores”,
cuenta Romina, quien aprovecha las tardes libres de los domingos para
contestar e-mails.
“Mi carrera
como gimnasta fue increíble, si hoy tengo que resumirla en unas
palabras diría: Obstáculo que se me presentaba, obstáculo
que yo pasaba por encima y salía más fuerte que antes”,
asegura mientras cita a Paulo Cohelo señalando que “Sólo
una cosa convierte en imposible un sueño: el miedo a fracasar”.
Esa frase resume un poco su empeño y dedicación y trae a
su mente los recuerdos que todavía le ponen la piel de gallina
como estar en el primer puesto y escuchar el himno nacional argentino,
“algo que no tiene precio”, señala, o como salir del
estadio de Mar del Plata en los Juegos panamericanos de 1995 y oír
a la gente cantar
“Argentina Argentina”.
“Con
sólo 12 años se me caían las lagrimas… también
en 1996 cuando gané todas las medallas de oro en los Juegos Sudamericanos.
La chica de Oro me decían, fue increíble y también
lo fue poder competir en un Mundial”.
- Algunos diarios de aquella época señalaban que
hubo problemas con las autoridades, ¿fue tan así?
- En mi carrera de gimnasta he tenido conflictos con la Confederación
que realmente estaban relacionados con cosas de adultos, yo solo quería
hacer gimnasia. Aunque muchos no opinen lo mismo todos los conflictos
o las cosas que pasé en mi carrera de chica me hicieron más
fuerte. Creo que la gente que causaba esos problemas no se daba cuenta
de lo que estaban haciendo. Para mi competir en Argentina era una fiesta.
Yo buscaba hacer las cosas lo más prolijas posibles y enfocarme
en mi misma. Si te lo planteás, entrenás como 36 o 40 horas
semanales para competir un total de 5 minutos. Yo siempre sabía
que compararme en Argentina no era suficiente para mí, por eso
competir en Argentina era un placer. Siempre me gustó que la gente
disfrutara de lo que estaba viendo porque no cualquiera puede hacer gimnasia.
Lo importante de todo esto es que entrenar duro para competir internacionalmente
era siempre mi objetivo y si alguna vez he tenido barreras en mi país
y lo que hacía no era suficiente, sí lo era internacionalmente
cuando ganaba las medallas en torneos.
Para Romina no había barreras, panamericanos, sudamericanos, mundiales.
“Todo lo que me pasó en mi carrera me hizo dar cuenta de
que no tenia límites como gimnasta, siempre digo yo soy una maquinita
y a veces en ese momento uno no piensa con el corazón, usa la cabeza
para ver cómo puede seguir disfrutando del deporte que ama y que
es tan talentosa”.
Haciendo un
balance, Romina asegura que recién ahora, mirando en perspectiva
puede verlo: “lo bueno de la gimnasia es que es un deporte que uno
de chica sólo está interesada en entrenar más horas,
hacer nuevos ejercicios y ver a dónde puede irse de viaje el mes
siguiente” y asegura que todos sus logros se deben a su familia
“mis padres, mis hermanos y mi abuelo, siempre fueron mi base de
apoyo y todos pusieron un granito de arena”.
Su
llegada a Estados Unidos
Su familia también estuvo presente cuando Romina decidió
dejar el país y emigrar en busca de un sueño.
“Mi decisión de venirme a vivir a Estados Unidos no fue fácil
al comienzo porque había muchas cosas que eran nuevas para mi.
Las diferencias eran muchas. Por empezar el idioma, la gente, la cultura,
sin amigos. Un mundo nuevo”.
Romina había logrado obtener una beca universitaria completa, algo
muy difícil de conseguir en un país donde todos los estudios
son pagos y donde las familias
ahorran por años para conseguir una plaza para sus hijos.
En su caso, las ganas de seguir con una carrera y poder hacer gimnasia
a la vez fueron el impulso necesario para tomar el avión, sin fecha
de regreso.
“El apoyo que se les brinda a los deportistas acá es diferente
y te hablo a nivel Universitario. Uno lo ve en la televisión allá
en Argentina y creo que el poder obtener una beca es una posibilidad única
que en nuestro país es imposible pensarlo… no sólo
por la cantidad de horas que requiere el deporte de la gimnasia sino también
el estudio. En Argentina uno es gimnasta por un par de años pero
después tiene que tener una carrera, un título, porque la
gimnasia lamentablemente no es para toda la vida. Por eso venir a Estados
Unidos era algo mejor que ir a un Juego Olímpico para mí,
poder seguir con gimnasia y obtener un título para ser una profesional”.
Al comienzo fue a Oklahoma a vivir dos años. Allí estudió
inglés y comenzó a hacer gimnasia en la Universidad local,
combinando horas de deportes con horas de estudio.
En esa ciudad comenzaron a cumplirse los sueños: conoció
a Nadia Comaneci y a su esposo, Bart Conner, a quienes califica como “muy
buenos amigos”. También estuvo en contacto con Maria Olaru,
Ivan Ivankov, Christian Ivanof y muchos más.
Rodeada de
los mejores gimnastas de la historia le llegó una oferta de la
Universidad de Iowa.
“Iowa me cambio la vida. Apenas llegué me sentí parte
de una familia porque eso es el quipo de gimnasia acá. En cada
chica podés ver la pasión por el deporte y por el estudio.
El poder ser parte de un equipo es lo mejor que me pasó porque
realmente hacés gimnasia con un equipo, nada que ver a lo que estaba
acostumbrada en Argentina”.
Una vez instalada se dedicó a ser especialista
en paralelas, el cual había sido siempre su mejor aparato. También
entrenaba los otros ejercicios, pero no a nivel elite.
“Los torneos universitarios son más
un show donde la gente viene a disfrutar de lo que una personita puede
hacer”, cuenta, mientras recuerda los aplausos, las luces y los
gritos del público, tal como se ve desde Argentina en los torneos
que transmite el canal ESPN.
En IOWA Romina
se centró en su carrera profesional. Al comienzo del tercer año
(Junior Year) se lesionó el codo derecho. A pesar de los consejos
de los médicos, la lesión no llegaba a soldarse y tuvo que
ser operada. La intervención fue más complicada de lo esperado
y los doctores debieron construirle un nuevo ligamento. La recuperación
tardó alrededor de un año. 
“Me dediqué a estudiar y a viajar con el equipo (foto
derecha) y ayudar en otras cosas. Mi codo no se recuperaba muy
bien así que decidí dejar la gimnasia y dedicarme a estudiar.
La decisión de terminar mi carrera deportiva no fue nada fácil
pero para mí siempre fue más importante mi salud. Preferí
que el brazo no me duela el día de mañana y pueda disfrutar
de una vida normal”.
Fue así como se alejó de la gimnasia
como deportista, pero siguió ligada a los torneos como entrenadora
voluntaria de la universidad. En el último año de su carrera,
es decir el 2006, Romina aprendió mucho sobre sí misma,
quién es y quién fue como gimnasta. “Todo lo que sé
de gimnasia se lo debo a Gustavo y a Marina, dos entrenadores que han
marcado un antes y un después en la gimnasia”.
Un
golpe fuerte y volver a empezar
El mismo año que decidió dejar de entrenar, Romina recibió
un golpe de la vida cuando su madre falleció a causa de una enfermedad.
“Fue un paso duro pero todos con el tiempo nos levantamos así
que así fue para mi también”, asegura.
A los 24 años Romina se casó con un estadounidense doctor
en Economía: Mike Waugh, actualmente viven en a Minneapolis, Minnesota
y cada vez que Romina lo nombra deja traspasar que “es un divino”.
“A Mike lo conocí por una amiga Argentina. No tardamos nada
en ponernos de novios y desde ese día que comenzamos a salir todo
es historia. El estaba en medio de su doctorado y a mi me quedaban dos
años de carrera. En el instante que lo miré a los ojos sabía
que él sería el hombre con el cual quería pasar el
resto de mi vida”.
- ¿Cuáles son tus proyectos ahora que estás
instalada en Estados Unidos?
- Con Mike tenemos planes de viajar por todas partes del mundo porque
a mi me fascina conocer. Me quiero dedicar a algo relacionado con Relaciones
Públicas y Organización de Eventos. También tengo
planes de estudiar para rendir el examen para sacar un Master y comenzar
a estudiar de nuevo en el 2009 o 2010.
Por
Ana Cossani
Fotos: personales de Romina y efdeportes
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